Yo no quería enterrar mi sueño, como la ferretería de mi papá. Mi paranoia era trabajar por el resto de mi vida en algo que no me gustaba, con un sueldo escuálido, y soñando con lo que no pudo haber sido.
Así que, seguí aprendiendo un poco de todo, en silencio. Redacté mis primeras notas, aprendí a hacer copetes, volantas, a titular, a colocar epígrafes. Diseñaba a la vieja usanza (con las galeras de texto que venían desde la imprenta) y me quedaba tiempo para dibujar, que era por lo único que en definitiva, me pagaban.
Con el correr del tiempo, descubrí que si había logrado que me pagaran algo por lo que yo sabía hacer, algún día, quizá podía independizarme y tener más tiempo para servir a Dios, sin presiones económicas o de horarios. En pocos meses, diseñaba casi la mayoría de las publicaciones cristianas y escribía en casi todas, además de seguir dibujando. Paralelamente a eso, crecía nuestro ministerio con la juventud desde la radio y los primeros estadios, historia ya conocida.
Me costó casi dos décadas comprar mi propia libertad. Tener el tiempo y los recursos para administrarlos en la forma que Dios me dijera. Y siempre le digo a los jóvenes que todos pueden hacerlo. Si no es ahora, dentro de un tiempo, pero todos tienen la misma posibilidad. “El don del hombre le abrirá caminos, y lo sentará delante de los grandes”, dice Proverbios. Se refiere a aquello en lo que tu crees que eres bueno. Aquello que sabes hacer, y puede hacerte comer del fruto de tus propias manos.
“El que descubre su don, nunca más vuelve a trabajar” me dijo una vez un amigo de Los Ángeles. Es decir, lo que hagas para ganarte la vida, ya no lo tomas como un trabajo o una carga, sinó como un escalón más hacia tu visión, tu destino en la vida.